Un nuevo Presidente no significa automáticamente un cambio de gobierno. Esta idea va contra el sentido común, así que merece alguna explicación.
La elección presidencial hace posible un cambio de gobierno, pero este solo se hace realidad si el Presidente electo conforma un gabinete de ministros que marque sustantivas diferencias con los gabinetes del gobierno saliente.
Claro, puede ocurrir que el nuevo Presidente conforme un gabinete con una composición y una orientación bastante parecidas a las del gobierno anterior. En ese caso, habrá nuevo mandatario pero no nuevo gobierno.
También puede suceder que un Presidente electo disponga un gabinete al gusto de los adversarios a los que derrotó en las urnas. En ese caso, los que eligieron al nuevo Presidente habrán ganado la elección pero perdido el gobierno.
De estas variantes en torno a la subida de un nuevo mandatario y la conformación de un nuevo gabinete están perfectamente enterados quienes suelen merodear los patios interiores del poder.
Por eso el impaciente reclamo de algunos políticos y empresarios para que se designe a un ministro de Economía a su gusto. Ellos saben que el encargado del MEF ha venido siendo la ficha determinante de los gabinetes, una suerte de personificación de la orientación de un gobierno. El verdadero premier, digamos.
Después que ha quedado en evidencia la excesiva precocidad de esta demanda, ahora se escucha otra por parte de los mismos impacientes: que tanto el premier como el ministro de Economía sean figuras “independientes”.
Independientes es la categoría con la que siempre se presentaron a todos los ministros de Economía de los últimos dos gobiernos. Discutible membrete, pues todos ellos siempre estuvieron muchísimo más alineados con ciertos partidos que con otros.
Recordemos el papel de Mercedes Aráoz, PPK y otros colegas suyos, incluido el actual ministro del MEF, en la segunda vuelta.
La última elección tuvo un ganador. El resultado no fue neutro. El mandato del sufragio es que haya no solo nuevo Presidente sino también un gobierno distinto, que rescate a la democracia y a la economía del coto cerrado de unos cuantos. Necesita gabinetes concertadores, sin excesos partidistas, pero no independientes de sus propios compromisos.
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jueves, 23 de junio de 2011
Las izquierdas y Ollanta/ Carlos Reyna
Las izquierdas peruanas han dado un importante aporte a la victoria de OIlanta Humala. No lo pregonan tanto como Toledo, pero así fue, ya sea como grupos de adultos y jóvenes que activaron en las calles, o como figuras que fueron candidatos o asesores en la campaña de Gana Perú.
Para muchos de ellos, lo fundamental era impedir la victoria del fujimorismo, percibida como un retroceso hasta los años noventa. Por eso, para la segunda vuelta, dieron un apoyo casi sin condiciones al nacionalista.
Hoy, los que fueron candidatos y asesores continúan colaborando para un buen arranque del gobierno de Ollanta. Los que hicieron trabajo de calle esperan que este no defraude o, habituados a la gimnasia activista, se preguntan ¿y ahora qué sigue?
Hacen bien de preguntar eso porque, “considerando en frío, imparcialmente”, como diría César Vallejo, con la victoria de Ollanta las izquierdas locales pueden enredarse en una trampa o encontrar una nueva oportunidad.
Una trampa porque pueden terminar disolviéndose a la sombra de un nacionalismo hegemónico, sin cosechar nada de sus posibles éxitos, pero sí pagando la factura por sus eventuales desaciertos.
De hecho, es posible que, si Ollanta hace un buen gobierno, el crédito vaya solamente para él mismo o para su propio partido. Y que, si decepciona, aquello sea atribuido a sus malas compañías, los izquierdistas.
El temor a que pase esto último, y la idea de mantener un bloque antiderecha para defender al nuevo gobierno, podrían llevar a la difuminación de la izquierda. Ojo que para varios izquierdistas, Gana Perú es ahora la izquierda real y no tiene sentido preocuparse por su disolución
Sin embargo, la victoria nacionalista, no solamente no cancela sino que también conlleva una nueva oportunidad de desarrollo para las izquierdas peruanas. Crea un clima y una expectativa de cambios favorables para una nueva agenda de izquierda.
¿Cuál podría ser esa agenda, cuáles sus temas programáticos, sus nuevas campañas, ahora que terminó lo electoral? ¿Es compatible con la concertación anunciada por el presidente electo? Tengo la impresión que quienes más se preguntan esto son los izquierdistas más jóvenes, y por eso, quizás ellos estén más cerca de las respuestas que aquellos que no se preguntan nada.
Para muchos de ellos, lo fundamental era impedir la victoria del fujimorismo, percibida como un retroceso hasta los años noventa. Por eso, para la segunda vuelta, dieron un apoyo casi sin condiciones al nacionalista.
Hoy, los que fueron candidatos y asesores continúan colaborando para un buen arranque del gobierno de Ollanta. Los que hicieron trabajo de calle esperan que este no defraude o, habituados a la gimnasia activista, se preguntan ¿y ahora qué sigue?
Hacen bien de preguntar eso porque, “considerando en frío, imparcialmente”, como diría César Vallejo, con la victoria de Ollanta las izquierdas locales pueden enredarse en una trampa o encontrar una nueva oportunidad.
Una trampa porque pueden terminar disolviéndose a la sombra de un nacionalismo hegemónico, sin cosechar nada de sus posibles éxitos, pero sí pagando la factura por sus eventuales desaciertos.
De hecho, es posible que, si Ollanta hace un buen gobierno, el crédito vaya solamente para él mismo o para su propio partido. Y que, si decepciona, aquello sea atribuido a sus malas compañías, los izquierdistas.
El temor a que pase esto último, y la idea de mantener un bloque antiderecha para defender al nuevo gobierno, podrían llevar a la difuminación de la izquierda. Ojo que para varios izquierdistas, Gana Perú es ahora la izquierda real y no tiene sentido preocuparse por su disolución
Sin embargo, la victoria nacionalista, no solamente no cancela sino que también conlleva una nueva oportunidad de desarrollo para las izquierdas peruanas. Crea un clima y una expectativa de cambios favorables para una nueva agenda de izquierda.
¿Cuál podría ser esa agenda, cuáles sus temas programáticos, sus nuevas campañas, ahora que terminó lo electoral? ¿Es compatible con la concertación anunciada por el presidente electo? Tengo la impresión que quienes más se preguntan esto son los izquierdistas más jóvenes, y por eso, quizás ellos estén más cerca de las respuestas que aquellos que no se preguntan nada.
Seguimos en disputa: Las izquierdas y los" indignados" no podemos quedarnos como espectadores.../Juan Carlos Giles
Seguimos en disputa: Las izquierdas y los" indignados" no podemos quedarnos como espectadores...
de Movimiento por el Poder Popular (MPP), el jueves, 09 de junio de 2011 a las 6:31
Sin duda estamos en un momento complejo, pero habría que dejar en claro que la histeria, los jaloneos, las presiones, los psicosociales, etc. para lograr que el gobierno electo de GANA Perú-Ollanta responda a sus intereses, vienen de la DERECHA y los poderes FACTICOS. Con respeto y afecto por mis amigos y compas que temen las presiones de los ultras de izquierda, estos brillan por su ausencia, son absolutamente marginales o simplemente no están jaloneando.
Seguimos en disputa: Las fuerzas de las izquierdas y los ciudadanos "indignados" no podemos quedarnos como espectadores de la histeria de la derecha. No se trata de contraponer histeria contra histeria, ni mesa que mas aplaude contra la otra, se trata de continuar con las luchas que movilizaron a miles de peruanos en sus casas, en sus barrios, en las conversas con los amigos, en los mensajes de internet, en las marchas por las calles, en los piquetes de dialogo popular, en las intervenciones politicas-culturales, en los grupos de vecinos que se reactivan desde el año pasado, en las multiples formas de "indignación" que se articularon en la dupla de NO a Keiko y si a Ollanta. El gobierno electo tiene su responsabilidad en esta coyuntura, pero los ciudadanos de pie organizados y no organizados, tenemos una responsabilidad igual o mayor. La democracia es MUCHO mas que votar y controlar a las "autoridades", es deliberar, tomar decisiones y ponerlas en practica en nuestras casas, en nuestro barrio, en las AMAPAFAS, en nuestros sindicatos, gremios, etc. Si las autoridades ayudan mucho mejor y si hay dialogo con ellas y con todos los sectores de la sociedad mucho mejor aun. Pero no DEPENDEMOS ni de las autoridades ni los adversarios del cambio social. El sueño se hace a mano y sin permiso (silvio dixit). Estas afirmaciones no son ninguna "ultrada" es lo menos que podemos afirmar en este momento significativo de nuestra historia.
Juan Carlos Giles
de Movimiento por el Poder Popular (MPP), el jueves, 09 de junio de 2011 a las 6:31
Sin duda estamos en un momento complejo, pero habría que dejar en claro que la histeria, los jaloneos, las presiones, los psicosociales, etc. para lograr que el gobierno electo de GANA Perú-Ollanta responda a sus intereses, vienen de la DERECHA y los poderes FACTICOS. Con respeto y afecto por mis amigos y compas que temen las presiones de los ultras de izquierda, estos brillan por su ausencia, son absolutamente marginales o simplemente no están jaloneando.
Seguimos en disputa: Las fuerzas de las izquierdas y los ciudadanos "indignados" no podemos quedarnos como espectadores de la histeria de la derecha. No se trata de contraponer histeria contra histeria, ni mesa que mas aplaude contra la otra, se trata de continuar con las luchas que movilizaron a miles de peruanos en sus casas, en sus barrios, en las conversas con los amigos, en los mensajes de internet, en las marchas por las calles, en los piquetes de dialogo popular, en las intervenciones politicas-culturales, en los grupos de vecinos que se reactivan desde el año pasado, en las multiples formas de "indignación" que se articularon en la dupla de NO a Keiko y si a Ollanta. El gobierno electo tiene su responsabilidad en esta coyuntura, pero los ciudadanos de pie organizados y no organizados, tenemos una responsabilidad igual o mayor. La democracia es MUCHO mas que votar y controlar a las "autoridades", es deliberar, tomar decisiones y ponerlas en practica en nuestras casas, en nuestro barrio, en las AMAPAFAS, en nuestros sindicatos, gremios, etc. Si las autoridades ayudan mucho mejor y si hay dialogo con ellas y con todos los sectores de la sociedad mucho mejor aun. Pero no DEPENDEMOS ni de las autoridades ni los adversarios del cambio social. El sueño se hace a mano y sin permiso (silvio dixit). Estas afirmaciones no son ninguna "ultrada" es lo menos que podemos afirmar en este momento significativo de nuestra historia.
Juan Carlos Giles
Las tareas de la izquierda por venir después del triunfo de Ollanta Humala y Gana Perú/ Alvaro Campana
No acaba de ganar Ollanta Humala las elecciones, y ya los poderes fácticos empiezan a hacer exigencias, a pedir garantías para que nada cambie, quieren ya el nombre del Ministro de Economía y el del Presidente del Banco Central de Reserva, le quieren recordar a todos que Gana Perú está ganando por un estrecho margen y continúan con la campaña de terror financiero a través de los “miedos de incomunicación”. No contentos con el “amansamiento”, ahora pretenden lograr la sujeción absoluta del nuevo gobierno al sacrosanto modelo y la intocabilidad de los privilegios de quienes de manera corrupta y criminal se han beneficiado de él.
¿Qué nos espera ahora? ¿Qué hacer desde una perspectiva de izquierda? No se trata por supuesto de plantear estas preguntas sobre certezas o predicciones absolutas que en la política y en la historia no existen, sino hacerlo desde nuestros anhelos, tratando de pisar fuertemente en la realidad y conscientes que el curso que tomen las cosas dependerá de lo que hagamos o dejemos de hacer en medio de las potencialidades, desafíos y limitaciones de cada situación concreta.
En este sentido, es importante partir por ser conscientes que lo que se ha logrado es una mayoría electoral que no es resultado del ascenso del movimiento y la organización popular; que esta mayoría contiene varias y muchas veces no siempre concordantes demandas y horizontes; que los poderes fácticos están ahí instalados y ejerciendo todo su poder en medio de los constreñimientos que nos plantea el mercado y el monopolio que tienen ahora para generar opinión pública; y que, finalmente, no se tiene una correlación de fuerzas favorable en el congreso para avanzar en un proceso de cambios sustantivos.
Después que ahora se dice “se mantendrá el modelo de crecimiento”, pero con “inclusión social”, veremos si esta fórmula alcanza para atender las demandas de los sectores que luchan contra un modelo económico extractivista; si alcanzará para atender la deuda social que tiene el estado con una población llena de expectativas; y si a la derecha le bastará la fórmula cuando sus intereses sean apenas tocados.
Sin embargo, es necesario decir que se ha producido una inflexión importante que no podemos dejar se revierta. Literalmente “la esperanza venció al miedo”. El consenso autoritario y envilecedor construido sobre la base del miedo, en un “estado de excepción” legitimado después de la brutal guerra interna y la crisis económica que padecimos en los ochentas y que tuvo su expresión más acabada en el fujimorismo, ha empezado a llegar a su fin. Sobre la base de este consenso se desnacionalizó y desdemocratizó el país y se instauró el neoliberalismo, no sólo como modelo económico, sino societal. Lo que Gana Perú y Ollanta Humala expresan para sus electores, son por un lado el cuestionamiento del neoliberalismo como modelo económico excluyente y expoliador, pero por otro su cuestionamiento como forma de convivencia social.
Lo visto en la movilización de miles de militantes “anti-keiko” el 26 de mayo –muchos jóvenes entre ellos- es la expresión de la búsqueda de formas más solidarias, dignificadoras de la vida, más democráticas en la convivencia y en las dinámicas del poder, cuestionadoras a su vez del racismo y del desprecio del otro, que vienen de la mano de nuestra tradición colonial, pero también de la exacerbación que genera el propio neoliberalismo a través del “fascismo social”. La democracia, los derechos humanos, la dignidad, el reconocimiento de la dignidad, la justicia dejan de ser así “abstracciones” para irse convirtiendo en valores que orientan la vida, en demandas concretas de todo tipo de derechos, y en esfuerzos concretos por construir otro tipo de relaciones sociales en todos los ámbitos de la sociedad.
Como dicen algunos politólogos cínicos, los políticos en el poder se deben volver pragmáticos, y desenvolverse de acuerdo a las condiciones que se les presentan. Y de hecho las dinámicas hoy planteadas por el proceso de globalización neoliberal, sumida en una tremenda crisis de funcionamiento y legitimidad, y que tiene sus brazos en los poderes fácticos (medios, organismos multilaterales, transnacionales, etc); y, la correlación de fuerzas en el país en la que está esa otra mitad de peruanos que fueron “beneficiados” por las políticas focalizadas del fujimorismo y que conocieron al Estado gracias a sus dádivas, aquellos que por susto o por interés prefieren que nada se toque y todo se quede como está ante el espejismo de un crecimiento que esperan de acá a una décadas finalmente chorreará, sin importar para ello sacrificar la democracia, la ética o la moral, plantean limitaciones que se debe saber enfrentar.
Esto puede desembocar en que el nuevo gobierno se dedique a gestionar lo que hay, es decir constituirse en un garante de la gobernabilidad neoliberal, con “más inclusión”; o que se atreva a hacer aunque sea algunas moderadas reformas que abran el camino para construir una correlación social y política más favorable para construir una alternativa al neoliberalismo y una democracia de mayor intensidad.
Sin duda, las cosas para quienes creemos más en lo segundo no son fáciles. La dinámica gubernamental puede cooptar las energías sociales movilizadas y cerrarle un espacio a un proyecto más a la izquierda en nombre de la “unidad” y la “concertación”. Pero también, puede ser que estemos en condiciones en las que sea posible seguir demoliendo el sentido común neoliberal, en que se pueda desplegar la organización social y popular, y se reconquisten algunos derechos tanto en el plano del reconocimiento como de la redistribución y se avance hacia la construcción de un poder social alternativo.
Estamos ante el inicio de un proceso en el que la izquierda (por venir), si quiere contribuir a la transformación del país, deberá en cualquier escenario desenvolverse en una táctica de alianza y lucha, contribuyendo desde diversos campos a inclinar el proceso abierto con este triunfo electoral hacia la izquierda, convencida además que si bien es cierto el nacionalismo es en el caso latinoamericano un discurso y una propuesta cercana, no la diluye como proyecto y programa.
Pero además tendrá las siguientes tareas ineludibles: a) Sumergirse en la (re) construcción del campo popular, de los movimientos sociales, desde sus organizaciones de base desde una perspectiva transformadora y radical, lo que implica la edificación de una nueva cultura política radicalmente democrática y contra hegemónica. b) Impulsar experiencias participativas de gestión popular en los diversos gobiernos locales y regionales donde se tenga presencia. c) Acompañar y contribuir a la articulación y generación de dinámicas de interaprendizaje de las luchas sociales y a la conformación de una plataforma amplia de lucha de los de abajo. d) Seguir contribuyendo a la formulación colectiva de un nuevo proyecto político para el país, y una reforma moral e intelectual. d) Generar sus propios medios de comunicación y contribuir a la democratización de los mismos. e) Construir un instrumento político social y cultural que, desde la democracia radical y la reivindicación de la soberanía popular, el poder popular, la justicia social y ecológica, el reconocimiento de la diversidad, la integración solidaria de los pueblos y el multilateralismo, constituyéndose en un factor de articulación, de actuación con una perspectiva estratégica de un proyecto antineoliberal y anticapitalista, pos extractivista y plurinacional para nuestro país.
¿Qué nos espera ahora? ¿Qué hacer desde una perspectiva de izquierda? No se trata por supuesto de plantear estas preguntas sobre certezas o predicciones absolutas que en la política y en la historia no existen, sino hacerlo desde nuestros anhelos, tratando de pisar fuertemente en la realidad y conscientes que el curso que tomen las cosas dependerá de lo que hagamos o dejemos de hacer en medio de las potencialidades, desafíos y limitaciones de cada situación concreta.
En este sentido, es importante partir por ser conscientes que lo que se ha logrado es una mayoría electoral que no es resultado del ascenso del movimiento y la organización popular; que esta mayoría contiene varias y muchas veces no siempre concordantes demandas y horizontes; que los poderes fácticos están ahí instalados y ejerciendo todo su poder en medio de los constreñimientos que nos plantea el mercado y el monopolio que tienen ahora para generar opinión pública; y que, finalmente, no se tiene una correlación de fuerzas favorable en el congreso para avanzar en un proceso de cambios sustantivos.
Después que ahora se dice “se mantendrá el modelo de crecimiento”, pero con “inclusión social”, veremos si esta fórmula alcanza para atender las demandas de los sectores que luchan contra un modelo económico extractivista; si alcanzará para atender la deuda social que tiene el estado con una población llena de expectativas; y si a la derecha le bastará la fórmula cuando sus intereses sean apenas tocados.
Sin embargo, es necesario decir que se ha producido una inflexión importante que no podemos dejar se revierta. Literalmente “la esperanza venció al miedo”. El consenso autoritario y envilecedor construido sobre la base del miedo, en un “estado de excepción” legitimado después de la brutal guerra interna y la crisis económica que padecimos en los ochentas y que tuvo su expresión más acabada en el fujimorismo, ha empezado a llegar a su fin. Sobre la base de este consenso se desnacionalizó y desdemocratizó el país y se instauró el neoliberalismo, no sólo como modelo económico, sino societal. Lo que Gana Perú y Ollanta Humala expresan para sus electores, son por un lado el cuestionamiento del neoliberalismo como modelo económico excluyente y expoliador, pero por otro su cuestionamiento como forma de convivencia social.
Lo visto en la movilización de miles de militantes “anti-keiko” el 26 de mayo –muchos jóvenes entre ellos- es la expresión de la búsqueda de formas más solidarias, dignificadoras de la vida, más democráticas en la convivencia y en las dinámicas del poder, cuestionadoras a su vez del racismo y del desprecio del otro, que vienen de la mano de nuestra tradición colonial, pero también de la exacerbación que genera el propio neoliberalismo a través del “fascismo social”. La democracia, los derechos humanos, la dignidad, el reconocimiento de la dignidad, la justicia dejan de ser así “abstracciones” para irse convirtiendo en valores que orientan la vida, en demandas concretas de todo tipo de derechos, y en esfuerzos concretos por construir otro tipo de relaciones sociales en todos los ámbitos de la sociedad.
Como dicen algunos politólogos cínicos, los políticos en el poder se deben volver pragmáticos, y desenvolverse de acuerdo a las condiciones que se les presentan. Y de hecho las dinámicas hoy planteadas por el proceso de globalización neoliberal, sumida en una tremenda crisis de funcionamiento y legitimidad, y que tiene sus brazos en los poderes fácticos (medios, organismos multilaterales, transnacionales, etc); y, la correlación de fuerzas en el país en la que está esa otra mitad de peruanos que fueron “beneficiados” por las políticas focalizadas del fujimorismo y que conocieron al Estado gracias a sus dádivas, aquellos que por susto o por interés prefieren que nada se toque y todo se quede como está ante el espejismo de un crecimiento que esperan de acá a una décadas finalmente chorreará, sin importar para ello sacrificar la democracia, la ética o la moral, plantean limitaciones que se debe saber enfrentar.
Esto puede desembocar en que el nuevo gobierno se dedique a gestionar lo que hay, es decir constituirse en un garante de la gobernabilidad neoliberal, con “más inclusión”; o que se atreva a hacer aunque sea algunas moderadas reformas que abran el camino para construir una correlación social y política más favorable para construir una alternativa al neoliberalismo y una democracia de mayor intensidad.
Sin duda, las cosas para quienes creemos más en lo segundo no son fáciles. La dinámica gubernamental puede cooptar las energías sociales movilizadas y cerrarle un espacio a un proyecto más a la izquierda en nombre de la “unidad” y la “concertación”. Pero también, puede ser que estemos en condiciones en las que sea posible seguir demoliendo el sentido común neoliberal, en que se pueda desplegar la organización social y popular, y se reconquisten algunos derechos tanto en el plano del reconocimiento como de la redistribución y se avance hacia la construcción de un poder social alternativo.
Estamos ante el inicio de un proceso en el que la izquierda (por venir), si quiere contribuir a la transformación del país, deberá en cualquier escenario desenvolverse en una táctica de alianza y lucha, contribuyendo desde diversos campos a inclinar el proceso abierto con este triunfo electoral hacia la izquierda, convencida además que si bien es cierto el nacionalismo es en el caso latinoamericano un discurso y una propuesta cercana, no la diluye como proyecto y programa.
Pero además tendrá las siguientes tareas ineludibles: a) Sumergirse en la (re) construcción del campo popular, de los movimientos sociales, desde sus organizaciones de base desde una perspectiva transformadora y radical, lo que implica la edificación de una nueva cultura política radicalmente democrática y contra hegemónica. b) Impulsar experiencias participativas de gestión popular en los diversos gobiernos locales y regionales donde se tenga presencia. c) Acompañar y contribuir a la articulación y generación de dinámicas de interaprendizaje de las luchas sociales y a la conformación de una plataforma amplia de lucha de los de abajo. d) Seguir contribuyendo a la formulación colectiva de un nuevo proyecto político para el país, y una reforma moral e intelectual. d) Generar sus propios medios de comunicación y contribuir a la democratización de los mismos. e) Construir un instrumento político social y cultural que, desde la democracia radical y la reivindicación de la soberanía popular, el poder popular, la justicia social y ecológica, el reconocimiento de la diversidad, la integración solidaria de los pueblos y el multilateralismo, constituyéndose en un factor de articulación, de actuación con una perspectiva estratégica de un proyecto antineoliberal y anticapitalista, pos extractivista y plurinacional para nuestro país.
miércoles, 25 de mayo de 2011
¿Suspensión del pensamiento crítico de izquierda por elecciones?/ Alvaro Campana
El Perú se debate en un momento político difícil: estaríamos ad portas del retorno de la versión más “repugnante” de la derecha al gobierno a través del fujimorismo. Frente a ello se plantea la unidad en torno a Ollanta Humala como la opción de salvar la democracia. Pero lo que no se dice es que, aún así, la derecha está ganando porque a “amansado” (Cotler dixit) a Humala quien prácticamente ha capitulado frente a la derecha más liberal (política) para obtener su apoyo y se consolida nuevamente el binomio democracia-mercado como fundamento del discurso hegemónico y su próximo gobierno como opción de gobernabilidad.
Es decir la derecha tiene la opción de escoger entre su mal mayor (alentada por su terror a lo plebeyo y a cualquier apertura al cambio, que representa Humala) porque lo que ofrece un gobierno de K. Fujimori es una mayor polarización social; o su mal menor que es el propio Humala. Nosotros no tenemos otra que apostar por una opción, Humala, que ha reconfigurado su propuesta a un compromiso por gestionar de manera más honesta y con mayor solidaridad el neoliberalismo.
Se ha dicho que no hay una correlación político electoral favorable, y es cierto. Un tercio del electorado del país es el voto duro de Humala, el voto descontento y antineoliberal que se muestra en la especialmente en el sur del Perú. Mientras, K. Fujimori se apoya también en su tercio electoral duro con sectores que fueron objeto de las políticas focalizadas y clientelares, los sectores más regresivos y corruptos de la estructura de poder (iglesia católica conservadora, varios empresarios y tecnócratas, sectores de las fuerzas armadas) y también sectores autoritarios y conservadores de las clases medias y populares. En medio, un voto que se divide entre ambos pero que es el que o quiere más libre mercado, racista y de clase media y que apoyara a Fujimori; y del otro, un sector más liberal, que apostará en parte por Humala aunque con muchas reticencias, y por un continuismo pero con mejoras y ajustes y que tiene fuertes resistencias al fujimorismo.
Por ello, y de hecho así se ha sostenido, el cambiar el programa de la “Gran Transformación” por el de la “Concertación Democrática”, expresaría que no es posible hablar de una correlación social, ni electoral favorable a la "gran trasnformación" sino que es necesario concertar con otros sectores.
De esta manera la discusión no gira ya en torno a una agenda antineoliberal, o que cuestione de manera significativa la estructura de poder instaurada precisamente a partir del gobierno fujimorista. La discusión gira en torno a las calidades morales de los fujimoristas (ya no los neoliberales) y la violación a los derechos humanos en el gobierno de Alberto Fujimori. El debate se desarrolla fundamentalmente por derechas desde una perspectiva moralista y/o pragmática. Es cierto que en la “carrera electoral” la propia candidata del fujimorismo ha hecho declaraciones favorables a impuestos a las sobreganancias y que mostraría un cambio de subjetividad respecto de las necesidades del país.Sin embargo, eso nos suena más al cambio responsable alanista que ya sabemos fue y es una farsa.
El repliegue es tal que hasta Álvaro Vargas Llosa, uno de los escritores del “Perfecto Idiota latinoamericano” libro en el que según él se burla de la cultura de izquierdas en América Latina, y de quien no discutimos su honestidad o bondad, aparece hoy como uno de los principales voceros para terminar de “adecentar” la candidatura de Humala y decantar a un sector indeciso de la población para lograr su triunfo en las elecciones. así, en el camino aceptamos de contrabando ideológico una serie de afirmaciones que parecen cimentar aún más el sentido común neoliberal, en su versión demoliberal. Su lectura conservadora sobre los procesos de cambio en América Latina, su disociación del neoliberalismo con las dictaduras, la intocabilidad de la constitución y los intereses de los inversionistas, entre otros son ejemplo de ello.
Este panorama, nos da una radiografía de en qué está la sociedad peruana y cómo a partir de esa situación podemos construir un proyecto de izquierda sostenido en una mayoría social, política y electoral. Pero también, aquí nos concentramos en esto, nos obliga a revisar nuestras propias responsabilidades y limitaciones discursivas y prácticas como izquierda en el momento actual. Muchos compañeros queridos nos han dicho: “ya déjense de decir sólo No a Keiko, y digan SI a Humala”, sin más. No han faltado jalones de orejas porque los grandes grupos de poder comunicacional nos tienen tan de rodillas, que hay que ser cautos hasta con hacer política en la calle, "no nos vaya a quitar puntos", permitiendose así que se criminalice aún más la protesta social en el espacio público.
Y nos preguntamos entonces ¿ha entrado en suspenso el pensamiento crítico de izquierda? ¿Tenemos algo que decir o qué hacer respecto de cómo está configurado el poder en el Perú en la coyuntura electoral? ¿Tenemos algún proyecto desde el cuál construir/disputar el poder, que en este contexto nos permita debatir posiciones con la derecha fascista y con la derecha liberal? Desde la izquierda, o lo que queda de ella, no estamos empleando la lógica “alianza y lucha” en la coyuntura actual y mucho menos estamos planteando tampoco una orientación programática que nos permita pelearla desde la izquierda y configurar un actor social que levante un proyecto alternativo. Debe ser que definitivamente nuestra izquierda es tan “arcaica” o “moderna” que se ha quedado sin argumentos más allá de lo testimonial, lo moral o los argumentos tecnocráticos aprendidos en tantos cursos y proyectos en las ongs auspiciados por el Banco Mundial.
Creemos que, sin embargo, y a pesar de los chantajes de la derecha, de los sermones en el propio campo para medir las consecuencias de lo que hacemos en la calculadora electoral, o de la resignación a la política expropiada que se expresa y ejerce sólo en los gestos de los candidatos y los “políticos”, en las nuevas generaciones se empiezan a desplegar un conjunto de iniciativas (discursivas y prácticas) que nos pueden ayudar a parir una izquierda que esté a la altura de los cambios estructurales de los que tanto se habla. En la “cruzada antifujimorista” aparecen así un conjunto de subjetividades, sensibilidades y demandas que nos pueden permitir construir una nueva izquierda.
¿Por dónde podría ir esta emergencia y hacia donde podría desembocar? Se nos ocurren las opciones siguientes que presentamos en forma de preguntas: ¿nos estamos dando cuenta por fin que la política no puede ni debe restringirse a los espacios institucionales o meramente del espectáculo? ¿Será que en la lucha por los derechos humanos –una de las más reivindicadas-estamos reconociendo que hay demandas populares con las cuales empatar sin que suenen a asuntos de unas cuantas ongs (que además las despolitizan) y que cuestionan el orden neoliberal e incluso no tienen más remedio que pensarse desde una perspectiva anticapitalista?[1] ¿Será que estamos sintiendo la urgencia de generar nuestros espacios de poder desde abajo para cambiar las correlaciones de fuerza a partir de la necesidad de tener nuestros propios medios de expresión, fortalecer nuestras organizaciones, impulsar nuestros propios emprendimientos económicos, sociales y culturales?
¿Será que hallaremos nuestra distinción respecto del nacionalismo en que nosotros creemos en la democracia radical, que queremos ir más allá del desarrollismo nacionalista capitalista, que consideramos que hay cuestionamientos de alcance civilizatorio respecto nuestra relación con la naturaleza y con respecto a la diversidad y que nos parecen cantos de sirena los llamados a la “unidad nacional” anulando la política como ámbito de disputa de imaginarios y proyectos sociales antagónicos?
¿Será -finalmente- que hemos comprendido que así como idealizamos tanto lo “estatal” en la política, también hemos idealizado lo “molecular”, lo “micro” como espacio para hacer política y que necesitamos construir un poder social alternativo, pero también un proyecto político que pueda dotarse de una estrategia desde la cual disputar hegemonía en todas las esferas y ámbitos?
Hoy más que nunca no debemos suspender el pensamiento crítico, debemos ser más bien capaces de encontrarnos e ir, sobre la base de nuestras prácticas, construyendo una agenda desde abajo que nos permita intervenir desde la izquierda en este proceso y dar nacimiento a un proyecto político, social y cultural de izquierdas al calor de la batalla electoral, con proyecciones para después. Con esto debemos contribuir a que la mafia fascista del fujimorismo no llegue al gobierno, pero con la claridad de que estamos bastante lejos de materializar los cambios estructurales que tanto se reclama, y que necesitamos un proyecto de izquierdas para lograrlo.
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[1] Por ejemplo la memoria, con quienes fueron afectados por el conflicto armado; la libertad de expresión como algo que no puede restringirse sólo a los grandes medios y a los oligopolios mediáticos; los derechos respecto del “medioambiente” con los “conflictos socioambientales” cada vez mayores y la emergencia de actores indígenas que reivindican la diversidad cultural; la equidad de género y la diversidad sexual que confronta contra el conservadurismo de quienes controlan el gobierno y están asociados a la iglesia.; el derecho al trabajo digno cada vez más confrontado con una reproducción de la precariedad laboral en los trabajadores jóvenes y la ausencia de formas de protección social para los más mayores. Finalmente, ¿será que a partir de estos será posible armar una plataforma para desprivatizar el Estado, politizar nuestras prácticas y resignificar la democracia como algo que no es sólo una cosa abstracta que se materializa cada 5 años?
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jueves, 19 de mayo de 2011
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